sábado, 14 de enero de 2023

CARLOS GARDEL Y CAMBALACHE







Carlos Gardel

(11/12/1890 – 24/06/1935)

 

Cantante argentino

 

"Yo me siento muy feliz y satisfecho con el homenaje del pueblo"

 

Uno de los cantantes más populares del tango.

  • Canciones: La Cumparsita, Caminito, Mi Buenos Aires querido...
  • Género: Tango, milonga, folklore
  • Películas: El día que me quieras, Tango Bar...
  • Padres: Berthe Gardés y Paul Laserre
  • Nombre: Charles Romuald Gardés
  • Altura: 1,7 m

Cantante y compositor considerado uno de los más importantes e influyentes intérpretes del tango. Su estilo de canto ha sido imitado por muchos a lo largo de los años. Gardel grabó numerosas canciones que se han convertido en clásicos del tango, como Volver. Su legado en la música argentina sigue siendo muy importante.

"Un artista, un hombre de ciencia, no tiene nacionalidad. Un cantor tampoco, es de todos, y su patria es donde oye aplausos" 

Carlos Gardel nació el 11 de diciembre de 1890 en Toulouse, Francia, aunque también se dice que nació en Tacuarembó, Uruguay, el 11 de diciembre de 1887.

Familia

Hijo de Berthe Gardés que emigró a la Argentina trayendo consigo a su hijo de tres años. Su madre, sola y desamparada, llegó a la capital argentina, viviendo en los barrios bajos de la zona porteña frente al Río de la Plata.

Fue un muchacho vivaracho y simpático, temperamental e irascible. Realizó multitud de oficios para ayudar a su madre.

Cantante

Cantaba en las esquinas de las calles y en reuniones como fiestas o agasajos, y más tarde en negocios de baja vida que operaban en la clandestinidad en Buenos Aires.

Voz

Poseedor de una voz con un timbre muy peculiar y agradable. Un nuevo ritmo. triste pero bailable llamado tango, se puso de moda. Le atrae esa música y decide probar suerte en serio una vez más; cambio la "s" final de su apellido en un intento de latinizarlo y se lanzó de lleno a buscar trabajo en los diferentes bares y cafés de la época.

Se dio a conocer en 1908, haciéndose llamar El Morocho. Se puede decir que Carlos Gardel fue corazón del tango, ya que su voz y su estilo son fundamentales para la popularización y el desarrollo de este género argentino en el mundo.

José Razzano

También en la época destacaba José Razzano, llamado El Oriental, con fama de cantante de tangos. En el año 1913 se celebró un duelo entre ambos en la calle Guardia Vieja de Buenos Aires, (hoy calle Carlos Gardel), no se dio como vencedor a ninguno de los dos. Formaron un dúo que trabajó durante quince años. Al enfermar Razzano Gardel siguió su carrera en solitario.

Canciones

Algunos tangos de los que es autor son: Mano a mano (1920), Desdén (1930), Melodía de arrabal (1932) y Volver (1935).

Su primer disco se grabó en 1917. En España debutó en 1923 en el teatro Apolo de Madrid y posteriormente en Barcelona.

En 1928 apareció en París, y entre 1930 y 1932 inició allí su carrera cinematográfica. En 1933 hizo su debut en Nueva York, donde rodó varias películas, todas ellas destinadas a su lucimiento como cantante.

Películas

Entre su filmografía destacan: Encuadre de canciones (1930), Luces de Buenos Aires (1931), Espérame (1932), Melodía de arrabal (1932), Cuesta abajo (1934), El tango en Broadway (1934), Cazadores de estrellas (1935), El día que me quieras (1935) y Tango bar (1935).

En la noche del 10 al 11 de diciembre de 1915 recibió un balazo en el tórax durante un altercado a la salida de un salón de baile. El autor del disparo fue Roberto Guevara Lynch, tío del Che Guevara.

Muerte

El 24 de junio de 1935, el avión en que viajaba Carlos Gardel por Colombia se estrelló en Medellín. Así murió esta figura, leyenda y mito, parte esencial de la mejor música popular y símbolo de su patria adoptiva, Argentina.

¿Sabías que...?

La voz de Gardel

En 2003, su voz fue registrada por la Unesco en el programa Memoria del Mundo, dedicado a la preservación de documentos patrimoniales.

Algunas de sus canciones:

1.         A media luz

2.         Adiós muchachos

3.         Alma en pena

4.         Amurado

5.         Anclao en París

6.         Aquel tapado de armiño

7.         Aquellas farras

8.         Arrabal amargo

9.         Arrabalero

10.       Ausencia

11.       Bandoneón arrabalero

12.       Barrio reo

13.       Barrio viejo

14.       Buenos Aires

15.       Bulincito de mi vida

16.       Caminito

17.       Caminito soleado

18.       Chorra

19.       Compadrón

20.       Criollita decí que sí

21.       Cuando tú no estás

22.       Cuesta abajo

23.       Dandy

24.       Desdén

25.       El día que me quieras

26.       Esta noche me emborracho

27.       Farabute

28.       Guitarra mía

29.       Haragán

30.       La canción de Buenos Aires

31.       La cieguita

32.       La cumparsita

33.       La garçonnière

34.       La última copa

35.       La violetera

36.       Leguisamo solo

37.       Lejana tierra mía

38.       Madreselva

39.       Mala entraña

40.       Malevaje

41.       Mano a mano

42.       Melodía de arrabal

43.       Mi Buenos Aires querido

44.       Milonga sentimental

45.       Milonguera

46.       Por una cabeza

47.       Recuerdo malevo

48.       Ríe payaso

49.       Rubias de Nueva York

50.       Siga el corso

51.       Silencio

52.       Soledad

53.       Sus ojos se cerraron

54.       Taconeando

55.       Tango argentino

56.       Tomo y obligo

57.       Uno y uno

58.       Volver

59.       Volvió una noche

60.       Yira yira



Cambalache

Compositor: Enrique Santos Discepolo

Intérprete: Carlos Gardel


Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé
En el 510 y en el 2000 también
Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafa'os
Contentos y amarga'os, valores y doblé

Pero que el siglo 20 es un despliegue
De maldad insolente, ya no hay quien lo niegue
Vivimos revolca'os en un merengue
Y, en el mismo lodo, todos manosea'os

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor
Ignorante, sabio o chorro, pretencioso estafador
Todo es igual, nada es mejor
Lo mismo un burro que un gran profesor

No hay aplaza'os, ¿qué va a haber? Ni escalafón
Los inmorales nos han iguala'o
Si uno vive en la impostura y otro afana en su ambición
Da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos
Caradura o polizón

¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!
Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón
Mezcla'o con Toscanini, va Escarfaso y Napoleón
Don Bosco y La Mignón, Carnera y San Martín

Igual que en la vidriera irrespetuosa
De los cambalaches se ha mezcla'o la vida
Y herida por un sable sin remaches
Ves llorar la Biblia junto a un calefón

Siglo veinte, cambalache problemático y febril
El que no llora no mama y el que no afana es un gil

Dale nomás, dale que va

Que allá en el horno se vamo' a encontrar
No pienses más, sentate a un la'o
Que a nadie importa si naciste honra'o

Si es lo mismo el que labura
Noche y día como un buey
Que el que vive de las minas
Que el que mata, que el que cura
O está fuera de la ley



Enrique Santos Discépolo

Poeta, compositor, actor y autor teatral

(27 marzo 1901 - 23 diciembre 1951)


Lugar de nacimiento: Buenos Aires, Argentina


Hace unos años, en su ensayo Les Assassins de la Mémoire —un agudo estudio sobre el revisionismo neonazi en la Europa contemporánea—, el escritor francés Pierre Vidal-Naquet reprodujo la letra de “Cambalache”, el tango emblemático de Enrique Santos Discépolo. ¿Una cita descabellada? ¿Acaso un rasgo de exotismo de un intelectual en busca de oxígeno fuera del ámbito de la cultura europea? Según lo confesaría el autor, Discépolo cayó en sus manos a través de unos amigos latinoamericanos. Y él decidió incluirlo en un libro que nada tenía que ver con el tango. La imagen del cambalache como escenario del azar insolente, de la confusión de valores y la desacralización le pareció la más adecuada para sellar su texto de denuncia.

No fue aquella la primera vez que la obra de Discépolo despertó interés en el campo del pensamiento. El español Camilo José Cela lo incluyó entre sus poetas populares preferidos y Ernesto Sábato no ha dudado en identificarse con la filosofía pesimista de quien supo escribir en “Qué vachaché”: «El verdadero amor se ahogó en la sopa». Muchos años antes de estas reivindicaciones, los poetas lunfardos Dante Linyera y Carlos de la Púa definieron a Discépolo como a un autor con filosofía. Otro escriba de Buenos Aires, Julián Centeya, al reseñar unos de sus filmes, habló de «filosofía en moneditas», a la vez que arriesgaba una analogía —sin duda desmedida— entre Discépolo y... Carlitos Chaplin.

A diferencia de otros creadores populares que desplegaron su talento de modo instintivo y un tanto naif, para luego ser reivindicados por futuros exégetas, Discépolo fue siempre consciente de sus aportes. Podría incluso asegurarse que toda su producción artística está articulada por estilo común, un cierto aire o espíritu discepoliano que la gente reconoce inmediatamente, con afecto y admiración, como si su obra —más de una vez definida como profética— expresara el sentido común de los argentinos. La singularidad de Discépolo sigue inquietando, tanto dentro como fuera del universo del tango. Mientras la mayoría de sus coetáneos hoy suena extraña para las nuevas generaciones, el hombre que escribió y compuso “Cambalache” persiste, está vigente. O para decirlo con una de sus imágenes preferidas: sigue mordiendo.

Enrique se formó viendo teatro de la mano de su hermano Armando, el gran dramaturgo del grotesco rioplatense, y poco después se sintió atraído por las artes populares. Llegó al tango después de haber probado, con suerte dispar, la autoría teatral y la actuación. En 1917, debutó como actor, al lado de Roberto Casaux, un capo cómico de la época, y un año más tarde firmó junto a un amigo la pieza Los Duendes, mal tratada por la crítica. Luego levantó la puntería con El Señor Cura (adaptación de un cuento de Maupassant), Día Feriado, El Hombre Solo, Páselo Cabo y, sobre todo, El Organito, feroz pintura social bosquejada junto a su hermano, al promediar los años 20. Como actor, Discépolo evolucionó de comparsa a nombre de reparto, y se recordaría con entusiasmo su trabajo en Mustafá, entre muchos otros estrenos.

Si bien los mundos del teatro y el tango no estaban divorciados en la Argentina de Yrigoyen y Gardel, la decisión de Discépolo de convertirse en un autor de canciones populares fue resistida por el hermano mayor —Armando se había hecho cargo de la educación de Enrique después de la temprana muerte de los padres—, y no puede decirse que las cosas le hayan sido fáciles al debilucho y tímido Discepolín. Una tibia influencia familiar (Santo, el padre, fue un destacado músico napolitano establecido en Buenos Aires) puede haber sido una primera señal hacia el arte combinado de la organización sonora y la letrística, pero la revelación no fue inmediata. Por el contrario, tanto el insípido “Bizcochito”, su primera composición hecha a pedido del dramaturgo Saldías, como el notable y revulsivo “Qué vachaché”, editado por Julio Korn en 1926 y estrenado en un teatro de Montevideo bajo una lluvia de silbidos, fueron un mal comienzo, o al menos eso se creyó en el Buenos Aires que aclamaba los tangos de Manuel Romero, Celedonio Flores y Pascual Contursi.

La suerte del obstinado autor cambió en 1928, cuando la cancionista Azucena Maizani cantó en un teatro de revistas“Esta noche me emborracho”, un tango de ribetes horacianos (por el Horacio de las Odas) y tópico netamente rioplatense: aquella vieja cabaretera que el tiempo trató con impiedad. Días después del estreno, los versos de aquel tango circularon por todo el país. Los músicos argentinos de gira por Europa lo incluyeron en sus repertorios, y en la España de Alfonso XIII la composición gozó de gran popularidad. Había nacido el Discépolo del tango. Ese mismo año, la actriz y cantante Tita Merello retomó el antes denostado “Que vachaché” y lo puso a la altura de “Esta noche me emborracho”. Finalmente, 1928 sería el año del amor para un intelectual cargado de inseguridades. Tania, una cupletista española radicada en Buenos Aires que se revelaría como una muy adecuada intérprete de sus tangos, acompañaría a Discépolo el resto de su vida.

En una época en la que la autoría y la composición estaban claramente diferenciadas en el marco de las industrias culturales, Discépolo escribía letra y música, aunque esta última era imaginada con apenas dos dedos sobre el piano, para luego ser llevada al pentagrama por algún músico amigo (generalmente Lalo Scalise). Esta capacidad doble le permitió a Discépolo trabajar cada tango como una unidad perfecta de letra y música. Con un agudísimo sentido del ritmo y de la progresión dramática, con un gusto melódico impecable (Carlos de la Púa lo definió como un Pulgarcito Filarmónico), Discépolo se las ingenió para hacer de sus breves y muchas veces violentas historias una auténtica comedia humana rioplatense. Abandonó gran parte de la influencia modernista que hacía estragos en otros letristas (Rubén Darío fue el héroe literario de cientos de poetas argentinos, durante muchos años) y tradujo al formato menor de la canción, ciertas ideas dominantes de la época: el grotesco teatral, el idealismo crociano, el extrañamiento pirandelliano.

La proliferación de ideas en cada letra hallaba en el humor socarrón y en el lirismo de la música un cierto equilibro, una compensación sensorial, un modo de decir cosas en y a través del tango. Ningún otro autor llegaría tan lejos.

Desde luego, el hecho de que Carlos Gardel grabara casi todos sus primeros tangos ayudó en gran medida a la difusión y legitimación de Discépolo como autor y compositor de un género lleno de autores y compositores. En ese sentido, la versión gardeliana del 10 de octubre de 1930 de “Yira yira” figura entre los grandes momentos de la música argentina. La intensidad de la grabación, en la que no hubo recursos teatrales especiales y el cantante evitó todo énfasis innecesario, está dada por la inmediatez de la expresión gardeliana. No hay preámbulos instrumentales que familiaricen al oyente con el material, más allá de una apretada introducción de los guitarristas que exponen el estribillo con los trémolos y fraseos de bordonas típicos de los acompañamientos de la época. La línea melódica, con sencillez engañosa irrumpe de golpe, con una fuerza que excluye la queja.

Yira yira” fue escuchado e interpretado como una denuncia cargada de escepticismo. El militante ridiculizado en “Que vachaché” vuelve a la carga, pero esta vez respaldado por una crisis material profunda. Ahora, el engrupido que se resistía a creer que «el verdadero amor se ahogó en la sopa» ocupa el lugar de la voz cínica. Los principios han sido trocados por la realidad. Es el triunfo del descrédito, pero ya sin el cinismo —y mucho menos el grotesco— de unos años antes. El personaje de “Yira yira” confió en el mundo, y este lo defraudó. Como en otros tangos de Discépolo, la letra cuenta una caída, un desalmado amanecer: ya no hay espacio para el engaño y la impostura. (Desde esta perspectiva, no están del todo equivocados quienes han visto en Discépolo a un moralista decepcionado por la modernidad, aunque tal vez sea mucho más que eso).

La línea que empieza con “Qué vachaché” y madura en “Yira yira” se continúa en los tangos “Qué sapa señor”" y, en 1935, “Cambalache”. Pero no es este el único estilo del arte compositivo de Discépolo. Este supo ser romántico en el vals “Sueño de juventud”, burlón en tangos cómicos como “Justo el 31” y “Chorra”, expresionista en “Soy un arlequín” y “Quién más quién menos”, pasional en “Confesión” y “Canción desesperada” y un tanto nostálgico y elegíaco en “Uno” y “Cafetín de Buenos Aires”, ambas creaciones escritas conjuntamente con Mariano Mores. No fue tan prolífico como Enrique Cadícamo, y una parte considerable de sus creaciones carece de interés. Es indudable que la variedad musical de Discépolo tuvo que ver con sus inquietudes teatrales y cinematográficas. Su puesta de Wunder Bar y sus películas más conocidas —Cuatro Corazones, En la Luz de una Estrella— dieron a conocer canciones —algunas casi olvidadas— que el director y actor escribió con su sentido programático.

Enrique Santos Discépolo nació en el barrio porteño del Once, y murió en el departamento céntrico que compartía con Tania. Su compromiso con el peronismo, hecho público a través de su breve y fulminante participación en un discutido programa de radio, lo distanció de varios de sus viejos amigos. Dos años después de su muerte, cuando las trincheras políticas ya no lo necesitaban pero varios de sus tangos seguían golpeando en la conciencia colectiva, Discépolo fue recordado por el escritor Nicolás Olivari en una nota memorable. Allí Olivari aseguraba que el autor de “Yira yira” había sido el perno del humorismo porteño, engrasado por la angustia. En cierto modo, aquella era una definición discepoliana.

Sergio A. Pujol es historiador y crítico musical. Entre otros libros, publicó Discépolo. Una Biografía Argentina (Emecé, 1997).

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