sábado, 10 de febrero de 2024

ERRICO MALATESTA (4/4)

 



Al cumplir Malatesta, a finales del mismo año 1923, sus setenta años de vida, de varias partes del mundo le llegarán demostraciones calurosas de simpatía y afecto por parte de los compañeros y amigos.

Malatesta pudo vivir, junto con su compañera Elena Melli, (con la que se había unido en 1921), y con la hija de ésta, Gemma, solamente con la ayuda de los compañeros, aun no pudiendo ser, si no otra cosa, más que la ayuda de pobres a otro pobre.

Quien conoció a Malatesta, no puede menos que pensar en su disgusto espiritual por semejante posición: él, que lo había dado siempre todo por los otros, no hubiera querido costar ni un céntimo nunca, a nadie.

Verdaderamente, era un prisionero, a pesar de las apariencias, pues el fascismo, poco a poco, lo aísla, en plena Roma, de todo contacto. Le aconsejaron fugarse, pero no quiso; les decía que era preciso quedarse, dar a los demás un ejemplo de resistencia.

No fue encarcelado porque el fascismo temía la enorme repercusión que su arresto hubiera tenido fuera de Italia. Se prefirió tenerlo como rehén, en una especie de arresto domiciliario.

Desde principios de 1927, el gobierno fascista hizo instalar en el portal del edificio donde habitaba Malatesta, policías día y noche. Cuando Malatesta salía, era seguido a todas partes: si entraba en alguna casa, pretendían entrar también o impedían que Malatesta entrase; si alguien iba a casa de Malatesta, era detenido y puesto en libertad, solamente, si resultaba que no era subversivo, y le advertían de que no volviera de nuevo; su compañera e hija eran seguidas al salir de casa también.

Dada la naturaleza sociable y afectuosa de Malatesta, se puede comprender el sufrimiento moral que le producía este aislamiento y, más aún, al estar siempre en peligro de ocasionar daños y dolores a sus compañeros y amigos.

Fue él mismo el que, desde los primeros momentos, advirtió a todos sus amigos que se abstuvieran de visitarlo, para no tener molestias desagradables. Cuando, por la calle, descubría, a lo lejos, a algún amigo o conocido que diese muestras de acercarse a él, se esforzaba, con guiños y signos, para que pasara a su lado sin decir palabra, a fin de no caer en manos de los policías que le seguían.

Esta penosa situación era agravada por la censura más rigurosa a que era sometida su correspondencia postal. Debido a su precaria salud, aconsejado por su médico, salió un par de veces de Roma, para ir cerca del mar, pero la policía no le dejó en paz, ni a él, ni a los que se le acercaban.

El gran temor del gobierno y de la policía era que Malatesta hallara el modo de escapar y refugiarse en el extranjero. Había cambiado su opinión de quedarse en Italia. Para Malatesta, la vida, de aquel modo, se había vuelto insoportable. Más de una vez dijo, y escribió, que hubiera preferido mil veces el confinamiento o la cárcel, a aquella “libertad” falsa e hipócrita.

Cuando se produjo la caída de la monarquía en España, quiso ir a España y se enfureció por no poder hacerlo; había tenido siempre las mismas esperanzas que Bakunin en que se produjera una posible revolución española.

A Malatesta, las persecuciones, la edad y la enfermedad no le impidieron continuar viviendo su vida intelectual y espiritual en armonía con sus sentimientos de ser un ser humano libre, revolucionario y anarquista.

El 26 de marzo de 1932, un ataque broncopulmonar le llevó al borde de la muerte. Sus últimas cartas para todos los compañeros, eran un reflejo de su alma, tan llena de voluntad de vivir, de amor a la idea. Malatesta escribió, a su amigo Bertoni, este párrafo:

“Francamente, cuando se ha soñado y esperado tanto, es doloroso morir en las condiciones en que, tal vez, moriré yo, en víspera, quizá, de los esperados acontecimientos. Pero, ¡qué quieres! Tal vez no hay más remedio que esperar el fin, teniendo ante los ojos de la mente, la imagen de aquellos que me han querido tanto y a quienes yo tanto he querido.” 

Pensaba siempre en los compañeros, en el gran dolor que iba a originarles. Se conmovía hasta las lágrimas cuando su pensamiento iba a los amigos más queridos y los veía recibir el anuncio de su muerte.

Su corazón resistía cada vez menos y, el 22 de julio de 1932, cesó de latir.

Apenas supo la policía de Roma que Malatesta había expirado, tomó todas las medidas para impedir que los compañeros fuesen a verlo. Los funerales fueron fijados para el sábado 23 de julio, a las 15 horas. El itinerario fue establecido por la policía misma. La prensa mantuvo un silencio absoluto.

La ley permite a los cortejos fúnebres hacer quinientos metros de calle a pie, pero, esta vez, se prohibió dar un solo paso. Se hizo subir a los parientes y amigos en los coches, apenas salieron del portal, y seguir el cortejo a gran velocidad.

A lo largo de la calle, en todas las travesías por donde pasó el féretro, había carabineros y policías, para impedir a los compañeros de Malatesta acercarse.

En el cementerio esperaban más policías y se dejaron policías de guardia ante el ataúd, toda la noche.

El domingo, a las 6 de la mañana, el ataúd fue bajado a la fosa, en el campo de los pobres, en medio de los muertos del pueblo, de aquel pueblo por el que Malatesta había luchado toda su vida.

Habiendo muerto Malatesta como había vivido, fuera de toda religión, fue llevado al cementerio sin cruz, pero las órdenes del gobierno de Roma fueron precisas y no transigieron: también sobre la fosa del anarquista fue colocada una cruz. A la mañana siguiente, cuando su compañera Elena fue al cementerio y vio la cruz, la hizo quitar de inmediato; pero tuvo que ir a declarar que la había quitado ella, como su mujer.

Su tumba es sencilla, como lo fue Malatesta.


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