Ritmo de zambomba y pandereta vamos a finalizar este año, otra vez, siendo más pobres. No hace tanto que en nuestras vidas entró una prima de riesgo que causó grandes estragos. Ahora, nos cuentan que nuestro empobrecimiento se debe a una inflación de apellido «subyacente», a la que acusan de ser la responsable del encarecimiento de los precios que no viene parejo al aumento de los salarios.
Pero tranquilos, el Gobierno «de progreso» ha cuadrado sus presupuestos generales colocando nuevos parches que, aunque tengan más trabas que sustancia, le ayudarán a aguantar la situación para que las quejas ciudadanas pasen de los supermercados a las urnas y, como si se tratase del día de la marmota, todo vuelva a empezar.
No nos engañemos. Tampoco hay protestas que les preocupen. Cuando socialistas y adláteres gobiernan, las calles están tranquilas porque sus feligreses acatan, mientras que las organizaciones que nos situamos al margen del poder –junto a otras que tienen un pie en cada sitio– no llegamos más que a juntarnos en protestas unitarias convocadas para cubrir expediente. Luego toca mirarse de reojo, taparse la nariz y buscar cobijo entre rostros conocidos o bajo la pancarta de cada cual.
Un ejemplo palpable de lo que realmente «subyace» como consecuencia de tanta pasividad social lo encontramos en la reelección del presidente de la patronal, Antonio Garamendi, con más de un 83% de los votos. Cuando nuestros explotadores están tan contentos con su gestión es señal de que les está yendo muy bien y de que en esa balanza donde se cotejan sus beneficios y nuestras nóminas, estamos perdiendo no sólo poder adquisitivo, también nuestra dignidad.

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