Nadie se le acerca, ni le habla o pregunta; es como los
gatos callejeros que se buscan la vida. Fumando, sentado o de pie; aseándose en
la fuente a primera hora de la mañana, dejando pasar el tiempo, perdido en sus
pensamientos, antes de que sean las diez de la noche para volver, a paso lento,
a un albergue feo de estructura e inhumano por dentro. Imagen repetida en
tantas calles y ciudades de la geografía ibérica, sin olvidar el resto del
mundo.
Tendrá sobre unos 70 años; impresiona su estoicidad,
serenidad y calma. Digno, siempre puntual a la cita; ordenado y calmado con sus
pequeñas cosas, dejándose llevar por sus múltiples vivencias que, junto a otros
muchos recuerdos, siguen vivos en su mirada y silencio.
Llevo bastante tiempo sin verlo; me acuerdo de él siempre
que paso al lado de donde los justos dicen que imparten justicia.
Él, junto a muchos otros y otras, me hace darme cuenta de lo efímeros que
somos; de que la vida es un cúmulo de circunstancias; de que es una partida de
dados de múltiples resultados.
En alguna ocasión estuve a punto de ofrecerle tabaco, de
preguntarle si necesitaba algo, o dinero. Algo que, como ser humano, había
hecho en otras ocasiones, en distintas ciudades, con la gente que no tenía
techo. Pero en esta ocasión no pude: la vergüenza, propia y ajena, me paró en
seco. La caridad o la limosna institucional con la pobreza, miseria, paro o las
colas del hambre, no es la solución para tanta injusticia heredada por un
sistema impuesto para favorecer siempre a los mismos poderes por encima del
resto, desde que naces hasta que mueres.
No creo que fuera por falta de valentía o por miedo: tenía
un aura que me indicaba que no era el momento.
No sé si volveré a verlo; si así fuera, le preguntaría su
nombre y cómo se encuentra. La última vez que lo vi, miraba fijamente su móvil,
del cual salía una voz que, cuando se escucha por primera vez, nunca se olvida.
Era la de Carlos Gardel, cantando aquel Cambalache, más allá de
quilombos, egocentrismos y yoísmos, que nos rodean en el carpe diem
mundano de modismos, formalismos y rutinas implantadas.
Maldito sea el sistema, malditos también los estados y
gobiernos, sin olvidarse de los secuaces que viven de la esclavitud, para los
cuales, las personas son simples carcasas con numeración de serie.
Lo acontecido no es un relato, es la realidad actual del día
a día, donde creemos tener libertad y, más bien, vivimos en una prisión en
vida. Nos agarramos a lo que podemos de lo establecido para huir hacia
adelante, encogiéndonos de hombros y apartando la mirada de lo que, algún día,
podríamos ser cualquiera de nosotros.
Dedicado a los 83 años del atado y
bien atado,
de fascistas, borbones, pícaros ladrones
y corruptos.
Majnóvchina

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