viernes, 13 de enero de 2023

PLAZA JUEZ ELÍO

 




Mañanas y tardes acumuladas de soledad y calor; tiempo perdido de recuerdos, desasosiego y tristeza; dos bancos junto a una maleta de ruedas como únicas posesiones terrenales, ante una monotonía incierta. Cara ajada, huellas persistentes de una vida compartida que, por las circunstancias del destino, fue paralizada y absorbida.

Nadie se le acerca, ni le habla o pregunta; es como los gatos callejeros que se buscan la vida. Fumando, sentado o de pie; aseándose en la fuente a primera hora de la mañana, dejando pasar el tiempo, perdido en sus pensamientos, antes de que sean las diez de la noche para volver, a paso lento, a un albergue feo de estructura e inhumano por dentro. Imagen repetida en tantas calles y ciudades de la geografía ibérica, sin olvidar el resto del mundo.

Tendrá sobre unos 70 años; impresiona su estoicidad, serenidad y calma. Digno, siempre puntual a la cita; ordenado y calmado con sus pequeñas cosas, dejándose llevar por sus múltiples vivencias que, junto a otros muchos recuerdos, siguen vivos en su mirada y silencio.

Llevo bastante tiempo sin verlo; me acuerdo de él siempre que paso al lado de donde los justos dicen que imparten justicia. Él, junto a muchos otros y otras, me hace darme cuenta de lo efímeros que somos; de que la vida es un cúmulo de circunstancias; de que es una partida de dados de múltiples resultados.

En alguna ocasión estuve a punto de ofrecerle tabaco, de preguntarle si necesitaba algo, o dinero. Algo que, como ser humano, había hecho en otras ocasiones, en distintas ciudades, con la gente que no tenía techo. Pero en esta ocasión no pude: la vergüenza, propia y ajena, me paró en seco. La caridad o la limosna institucional con la pobreza, miseria, paro o las colas del hambre, no es la solución para tanta injusticia heredada por un sistema impuesto para favorecer siempre a los mismos poderes por encima del resto, desde que naces hasta que mueres.

No creo que fuera por falta de valentía o por miedo: tenía un aura que me indicaba que no era el momento.

No sé si volveré a verlo; si así fuera, le preguntaría su nombre y cómo se encuentra. La última vez que lo vi, miraba fijamente su móvil, del cual salía una voz que, cuando se escucha por primera vez, nunca se olvida. Era la de Carlos Gardel, cantando aquel Cambalache, más allá de quilombos, egocentrismos y yoísmos, que nos rodean en el carpe diem mundano de modismos, formalismos y rutinas implantadas.

Maldito sea el sistema, malditos también los estados y gobiernos, sin olvidarse de los secuaces que viven de la esclavitud, para los cuales, las personas son simples carcasas con numeración de serie.

Lo acontecido no es un relato, es la realidad actual del día a día, donde creemos tener libertad y, más bien, vivimos en una prisión en vida. Nos agarramos a lo que podemos de lo establecido para huir hacia adelante, encogiéndonos de hombros y apartando la mirada de lo que, algún día, podríamos ser cualquiera de nosotros.


Dedicado a los 83 años del atado y bien atado,

de fascistas, borbones, pícaros ladrones y corruptos.

Majnóvchina

 


👇



No hay comentarios: