LUIS BUÑUEL
(1900-1983)
- “El gran calavera” (1949), una comedia con Fernando Soler y Rosario Granados basada en una obra de teatro de Adolfo Torrado
- “Los olvidados” (1950), un magnífico drama social
- “Susana” (1951), con el protagonismo de Rosita Quintana
- “Don Quintín el amargao” (1951)
- “Una mujer sin amor” (1951)
- “Subida al Cielo” (1952), película que emparejó en un viaje en autobús a Lilia Prado con Esteban Mayo
- “El bruto” (1952)
- “Robinson Crusoe” (1952), coproducción mexicana-estadounidense que adaptó el clásico literario de Daniel Defoe
- “Él” (1953), con Arturo de Córdova y Delia Garcés
- “Abismos de pasión” (1953)
- “La Ilusión Viaja En Tranvía” (1953)
- “El río y la Muerte” (1954)
- “La vida criminal de Archibaldo de la Cruz”, película denominada también “Ensayo de un crimen” (1955), fenomenal comedia de humor negro con Ernesto Alonso como protagonista interpretando el papel de un hombre determinado a asesinar mujeres tras escuchar una caja de música.
Luis Buñuel y el animado encanto de Las Hurdes
Enlaces a películas de Luis Buñuel
Lo que no sabías de Luis Buñuel
Son muchas las anécdotas alrededor de este autor y muchos los escritos que nos dejó tras su muerte
Un día 22 de febrero de 1900 nació Luis Buñuel, director de cine español y máximo exponente del surrealismo. Famoso no solo por películas como El perro andaluz, Los olvidados o Tristana sino también por su estilo cinematográfico y sus peculiaridades: la obsesión por su madre, su frustración como escritor, su extraña relación con Dalí, su terror a la muerte o sus manías. Son muchas las anécdotas alrededor de este autor y muchos los escritos que nos dejó tras su muerte, que ahora podemos leer principalmente en su autobiografía Mi último suspiro (1982) y las recientes cartas descubiertas y recopiladas en Luis Buñuel. Correspondencia escogida (2018). Hoy os contamos algunas de las más curiosas que rodearon su pintoresca vida.
El primer contacto con el cine del joven Luis Buñuel
En 1928, fascinado por aquellas imágenes que contemplaba, le comunicó a su madre que iba a realizar su primera película. Ella no se lo tomó muy bien, llegando al punto incluso de llorar; sentía lo mismo que si le hubiera dicho que quería ser payaso. Hasta que no intervino un notario amigo de la familia, que le explicó que con el cine se podía ganar bastante dinero y producir productos interesantes, esa idea negativa no se fue de la cabeza de María Portolés Cerezuela.
Su primera película: Un perro andaluz
Todos tenemos en la cabeza aquellas imágenes en blanco y negro de una mano sosteniendo una navaja con intención de rebanar un ojo en primer plano. Se trata del primer cortometraje de Luis Buñuel, Un perro andaluz, un mediometraje franco-español mudo.
Por todos es sabida la buena relación que mantenía con otros artistas, como Federico García Lorca o Salvador Dalí. Conoció a ambos cuando era muy joven, en una residencia, entablando una amistad que duraría para toda la vida. De hecho, el guion de esta obra está basado en los sueños de Dalí y del propio director. Buñuel le dijo a Dalí que había tenido un sueño sobre una luna llena que se dividía por una nube, como si se tratase de una hoja de afeitar cortando un ojo por la mitad. A lo que el pintor le contestó: “Yo he soñado que no dejaban de brotar hormigas de mi mano”.
Tan solo tardaron 6 días en escribir el guión y fue financiada gracias a la ayuda de su madre, que le dio 25 mil pesetas. En un primer momento se iba a titular El marista de la ballesta, pero finalmente se cambió por Un chien andalou debido a que fue realizado en los estudios Billacourt en París. La obra tiene una duración de 16 minutos y en un principio era muda, hasta que en 1960 se le añadió banda sonora que incorporó piezas de Richard Wagner.
Era tan dura, tan grotesca y con unas escenas tan desagradables que fue censurada en varios cines, debido a la primera secuencia, el famoso corte del globo ocular femenino que he mencionado, (que, por cierto, dicho ojo pertenecía a Simone Mreuil, actriz que, años más tarde, tras una profunda depresión, se suicidó). Evidentemente, el ojo no era humano, fue el de una vaca y el hombre que sujetaba la navaja era el propio Luis Buñuel. Otro detalle curioso es que Dalí también aparece en la cinta, como uno de los sacerdotes arrastrado con el piano.
Su “alergia” a los premios
Algo muy característico de Buñuel era su desinterés absoluto por obtener premios que le otorgaban por su labor de cineasta. Incluso, en algunas declaraciones, comentaba: “Nada me disgustaría más moralmente que recibir un Óscar. No lo tendría en mi casa”.
En una de las entrevistas que concedió su hermana para la revista francesa Positif, escribió algunos de los recuerdos que guardaba de su hermano. Comentaba que, cuando él era niño, sacaba las mejores calificaciones en la escuela sin ningún esfuerzo, pero no le gustaba ser alabado. Hasta el punto que, un poco antes de que terminase el curso, hacía alguna ‘trastada’, para que no le nombraran emperador delante de la gente y le dieran un premio, acto que le humillaba enormemente.
Detestaba moralmente tanto los banquetes como las entregas de premios. Aseguraba que, además, estas recompensas daban lugar a incidentes y meteduras de pata incómodas. En 1978 en México, le hicieron entrega del Premio Nacional de las Artes, una medalla de oro en la que grabaron su nombre con una errata. En vez de Buñuel, inscribieron “Buñuelos”. Durante otra ocasión, en Nueva York, le entregaron un pergamino iluminado en el que habían escrito que había contribuido “inconmensurablemente” al desarrollo de la cultura contemporánea. Con esa palabra también cometieron una falta de ortografía, que esa misma noche tuvieron que rectificar.
“Tengo cierto horror al exhibicionismo, estar frente a una cámara de televisión o fotografía para mí, -por motivos personales posiblemente irracionales-, me causa horror”. Se arrepintió de haber acudido a algunos festivales como el de San Sebastián con motivo de homenajearle, y, para él, el colmo del exhibicionismo fue alcanzado por el director Henri- Georges Clouzot, el día en el que convocó a periodistas para comunicarles su conversión al catolicismo.
Era un hombre modesto que, simplemente, quería transmitir lo que tenía en la cabeza con sus obras, sin necesidad de homenajes, palmadas en la espalda o reconocimientos.
Sus rarezas
Y para acabar, y de manera anecdótica, os dejamos por aquí algunas peculiaridades personales que han hecho de Buñuel una figura pintoresca, más allá de su filmografía.
Le apasionaba disfrazarse. Era algo que recomendaba a todo el mundo, ya que consideraba que permitía ver otra vida. De fantasma, de cura, de veterinario, de obrero… Uno de sus favoritos era el de monja. En su estancia en París solía ponerse una cofia y un hábito y se maquillaba acompañado de una expresión de santidad. Junto a su compañero Vincens de la Slave, se dedicaban a pellizcar a las mujeres que, cuando se volvían a protestar, se encontraban con el panorama. Él lo justifica como si se tratase de una acción anticlerical, (reconociendo también que le resultaba excitante). Incluso, en una ocasión, se hizo pasar por guía del Museo del Prado, inventándose sobre la marcha una sarta de mentiras y disparates, que compartió con los turistas que cayeron en el engaño.
Se dice que al cineasta le gustaba lanzar cubos de agua desde el balcón. Le parecía divertido ver las reacciones de la gente que pasaba por la calle cuando ocurría. Dicha broma de hecho apareció en su última película, Ese oscuro objeto del deseo.
También se cuenta que tenía la manía de comprar relojes antiguos de bolsillo, con largas cadenas. No eran relojes caros, sino adquiridos en tiendas de lo más baratas. Muchos se pensaban que, simplemente, era por puro coleccionismo. Pero, en realidad, era una táctica psicológica. Siempre acudía a trabajar con uno de esos relojes, que guardaba tranquilamente si todo iba bien y no se producía ningún problema. Pero si surgía algún imprevisto en el rodaje, por parte de los técnicos o los actores, o si se ponía tensa la situación por alguna razón, sacaba el reloj enfurecido y lo estampaba contra el suelo, cosa que impactaba mucho al resto y hacía que se bajasen los humos. Una forma curiosa de desfogarse y hacerse respetar.





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